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La mente es poderosa

Apróximadamente cuatro mil años atrás, con cierta frecuencia el pueblo judío se congregaba con la intención de descubrir si sus esposas era infieles. No tenían ninguna bola de cristal, ni acudían a los clarividentes, simplemente usaban lo que en la actualidad se conoce como psicología. Servían una taza de té común sin substancias anormales que pudiera dañar la salud de sus mujeres; no obstante, la creencia era que si entre ellas había alguna mujer infiel, el extracto le haría plaga. La mujer que había traicionado a su marido, de tanto pensar y sentir culpabilidad, no tardaba en sentir nausea, vómitos y le brotaba un tremendo salpullido por todo el cuerpo. ¿Quién puede negar el poder de la mente humana?
La nota completa en el semanario de este jueves 11 de agosto en todas las newsagencies.

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Martes Gordo en Sydney

El Martes Gordo (Mardi Gras en francés) es el plazo conclusivo de un período aclamado como carnaval, y es el día preliminar del Miércoles de Ceniza, que marca la Cuaresma; un tiempo de ayuno, expiación y preparación para la Semana Santa que se inició en los primeros siglos del Catolicismo. Es decir, es la última oportunidad para disfrutar de los placeres carnales precedente a un tiempo de solidez espiritual. Los homosexuales no quieren ser menos; y con orgullo gay, celebran el Martes Gordo exhibiendo sus cuerpos casi desnudos y comportándose con absoluta obscenidad, y nada tiene que ver con ninguna religión, sino con el deseo de ser aceptados en la sociedad. Pero surge una pregunta: ¿No sería mejor proceder de una manera más admisible en una sociedad donde la mayoría presume poseer una moral determinada? En la opinión de autor, no es difícil aceptar a los homosexuales, pero se hace inflexible asentir el comportamiento sin sentido de algunos de ellos. Es complejo concebir la vanidad de los gays, ya que según estudios llevados a cabo en bilogía de la homosexualidad, por diferentes científicos como Le Vay (1991) y Lalumiere, Blanhard y Zucker (2000) la orientación sexual no es una opción, sino la causa del ambiente y de la fisiología del individuo. La acumulación de nuevos conocimientos científicos asevera que algunos niños pequeños e incapaces de entender o sentir excitación erótica, ya tienen ciertas tendencias homosexuales que se manifiestan en su manera de vestir, hablar o simplemente jugar; como consecuencia es el mejor indicio para intuir la orientación sexual del futuro adulto. En la actualidad, se usa una nueva tecnología para distinguir ciertas diferencias entre el cerebro de una persona heterosexual y otra con tendencia homosexual. Como resultado, se puede apreciar que una pequeña parte del hipotálamo (órgano donde se establece la tendencia sexual) en un hombre heterosexual, es el doble en tamaño que el de las mujeres y homosexuales. Además, los EEG, o electroencefalogramas (investigación neurofisiológica) en los gays, indican un prototipo idéntico a los de las mujeres heterosexuales (Wegesin, 1998). Surgen preguntas fundamentales ¿Qué es lo que causa la diferencia? Existen más y más evidencias de que la homosexualidad es hereditaria y el estudio más indicativo y donde se aprecia más la proporción es el de hermanos gemelos idénticos (Bailey et al. 1999). ¿Es la homosexualidad una enfermedad? Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) enfermedad significa “Alteración o desviación del estado fisiológico en una o varias partes del cuerpo, por causas por general conocidas, manifestadas por síntomas y signos característicos, y cuya evolución es casi previsible”. El lector es libre y apto para interpretar. En conclusión, después de leer los resultados de los diversos estudios científicos se hace casi imposible creer que la homosexualidad sea nada más que una opción. Pero entonces ¿Si es una enfermedad? ¿A qué se debe la jactancia? Si a alguien le falta un dedo en la mano derecha no siente orgullo por eso, sino con humildad acepta su condición. Asimismo, los homosexuales deberían discernir que no pertenecen al grupo humano con mayores números de personas, y que hay algo que no es normal. Por lo tanto, no es motivo de vanidad.

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Fundamento de la perfidia

Se escucha decir que si una persona es infiel es porque su pareja no la satisface sexualmente y por eso busca placer en otro lado; sin embargo, según la teoría Freudiana, el adulterio tiene otra explicación que está muy lejos de la interpretación común. Todos los seres humanos podríamos ser propensos a cometer adulterio, ya que el hombre posee tres componentes en su personalidad, el ello, el ego y el superego que controlan su comportamiento y define la personalidad del individuo. Algunas personas dicen “el diablo me tentó” Obviamente ignoran que el ser humano tiene fuertes necesidades y que las tentaciones no siempre son externas. El componente de la personalidad número uno (ello) es el encargado de satisfacer las necesidades humanas como el hambre, sed, dormir, divertimiento y sexo por nombrar algunas de ellas. Es el lugar donde está la reserva de todas las energías, y opera con el principio de llegar a la gratificación instantánea sin pensar en ninguna consecuencia, ya que es fuerza animal, irracional, ilógica y primitiva. Por otro lado, el segundo elemento de la personalidad (ego), es el responsable de pensar y sacar conclusiones basadas en un principio moral. El ego es el mediador entre el ello que desea gratificar las necesidades de una forma instantánea, y el mundo exterior con todos sus preceptos éticos y morales. El ego antes de proceder considera las normas sociales, formalidades y costumbres culturales porque se rige por iniciativas versadas que buscan demorar la gratificación, y encontrar una solución aceptable. Con las palabras de Freud “El ego es como un jinete que controla la fuerza bruta de un caballo”. El ego también quiere satisfacer la fuerte necesidad humana como es el sexo, pero quiere llegar a complacer el instinto con mayor control moral, especulando con racionalidad, negociando con el ello para encontrar una solución; es decir, gratificar los deseos minimizando las consecuencias negativas. Ahora sí, el tercer elemento del mecanismo de la personalidad es el súper ego, un factor importante en el momento de controlar nuestros impulsos animales. Durante toda la vida, pero principalmente durante la niñez, el ser humano aprende a diferenciar lo correcto de lo impolítico, lo moral de lo impúdico y lo legal de lo ilícito; y a través de este sistema acepta esas enseñanzas como absoluta verdad. Como resultado, el individuo intenta vivir una vida moralmente aceptable, pero contribuye una presión casi insoportable, ya que a veces el súper ego impone perfección haciendo que la persona experimente culpa excesiva. En conclusión; según la teoría de Freud, la persona infiel no es directamente culpable de sus acciones inmorales porque fuerzas latentes controlan y gratifican los deseos humanos. No es la tentación que proviene del Diablo y nos hace cometer adulterio, sino es el ello que no pudo ser controlado por el componente moral. No es la falta de respeto que tenemos por nuestra pareja ni la necesidad que no fue retribuida en el hogar, que nos hace ser infieles, sino es un impulso que está más allá de nuestro control; Muchos dirán…Gracias Sigmund Freud.

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Ser únicos en cualquier situación

Con siete mil millones de seres humanos que procuran no solo obtener lo necesario para subsistir, sino también encontrar satisfacción personal con excesos elementos materiales, se hace cada vez más difícil percibir justica social y equilibrio emocional. Todos perseguimos la felicidad, pero según algunos estudios realizados por sociólogos (Sociology, Themes and Perspectives, 2009) no es la salud, dinero y amor que nos hace feliz, sino los buenos amigos y la creencia en un Ser Supremo. Pero ¿qué sucede si una persona no tiene buenos amigos y un dogma? El filosofo español José Ortega y Gasset, lo expresó con las siguientes palabras… "Yo soy yo, y mi circunstancia" una verdad; pero es relativo, ya que existen situaciones que se pueden cambiar, y si lo conseguimos, cambian los resultados obtenidos. Todos nacemos con genes y un ADN peculiar, pero además nos transformamos en la persona formada por nuestros padres, hermanos mayores, amigos, la sociedad, cultura y subcultura donde nos desarrollamos; por lo tanto, a mucha gente le cuesta creer que nacimos libres ya que todo lo que nos rodea tiene mucho que ver con la persona que somos y la vida que llevamos. Sin embargo, nacer en un hogar o ambiente donde se tiene presente la existencia de Dios, o simplemente aceptar una doctrina hace que el individuo conduzca una vida moralmente sana y cambie su circunstancia. Aún las personas sin religión pueden mantener un comportamiento ético, pero es mucho más difícil si no se tiene temor a la justicia Divina. Estudios llevados a cabo por numerosos sociólogos demuestran que la gente con dogmas religiosos son más propensos a coexistir con satisfacción porque confían en el juicio del Omnipotente, y obedecer códigos no es tan solo una obligación, sino un placer (Sociology, themes and perspectives, 2009). El hecho de nacer en un ambiente en particular hace que el individuo sea como es, pero no significa que no existan posibilidades de cambio; si las circunstancias cambian, la persona también. Cada ser humano es solo una parte del tejido social, y es obvio que nadie puede cambiar el mundo ni los eventos que están más allá de nuestras posibilidades; sin embargo, si cambio los procesos mentales puede invertir como percibo los eventos. Si cambio el entorno puedo remplazar a las personas que influyen en mi vida, y si conduzco una vida con ética, continúo siendo yo y mi circunstancia, pero con los beneficios que trae el cambio positivo. En conclusión, no es necesario ser religioso para vivir una vida correcta, pero los estudios indican que a la hora de tomar decisiones importantes que marcan nuestro destino, tener un credo es una gran ayuda. Los problemas se perciben con más tolerancia, la fe motiva, da esperanza y sentido a la vida. Además, las decisiones importantes se toman con una visión clara del bien y del mal; y como resultado, yo soy yo, y mi circunstancia elegida por mí mismo. Además, continúo siendo único porque el cambio llegó por mis propias deducciones.

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Los romanos exteriorizaban un elemento humano natural

El adolescente tiene la facultad de consolidar diversas habilidades que le eran imposibles de lograrlas en su niñez; la más obvia entre esas destrezas es la superioridad física, ya que un óptimo atleta adolescente puede competir con personas de mayor edad y exponer eminencia. A nivel intelectual puede concentrarse y hasta rendir exámenes colegiales con notable perseverancia porque es la edad adecuada para el desarrollo de esta práctica. Sin embargo, es el transcurso más delicado en la vida de toda persona, y las decisiones que se asumen dependen mucho de las circunstancias vividas. Un joven que conduce su motocicleta o automóvil a una velocidad superior al límite permitido piensa que se está recreando y que sus acciones están bajo su total control; pero no necesariamente sabe lo que hace, ya que existe la posibilidad de que su inconsciente esté dominando sus actos, y que su desdicha sea el motivo latente que desea conducirlo al suicidio. Es evidente que no siempre es así y que es necesario llevar a cabo una interpretación adecuada, pero este ejemplo nos ayuda a comprender la sensibilidad del cerebro adolescente. Con frecuencia se escucha decir que si un joven es capaz de robar, matar y cometer otras barbaridades debe pagar las consecuencias como un adulto. En ningún momento el autor desea justificar las atrocidades cometidas por menores de edad, y comprende que todo ser humano debería pagar por sus decisiones y hechos. Sin embargo, el adolescente comienza su vida entre adultos con la desventaja de poseer un cerebro que recién empieza su desarrollo intelectual, que por razones innumerables es incapaz de pensar, razonar y sacar conclusiones claras como un adulto. El nivel hormonal, el ambiente donde se estableció, sus padres, cultura, posición económica en la sociedad y muchos otros factores influyen en sus decisiones; y como consecuencias, en sus acciones. Por eso y mucho más es importante tomar en cuenta y evaluar los eventos de una forma individual, y no caer en la tentación de pedir a gritos que se haga justicia… justicia según nuestro parecer. Es necesario apreciar donde estamos situados y entender como percibimos cada contexto; el padre de una hija que fue violada por un inepto cualquiera, como un espectador en el antiguo coliseo romano baja su pulgar y demanda justicia; según su opinión, muerte. Por otro lado, si su hijo fuese el violador sexual de otra chica, agitaría el pañuelo como también hacían los romanos para obtener el perdón; y además, encontraría cientos de pretextos para justificar la detestable acción de su hijo. ¿Cuál es la diferencia? El escritor piensa que si entre los romanos espectadores se encontraba la madre, padre o un buen amigo del gladiador perdedor, serían los únicos en agitar el pañuelo blanco pidiendo perdón. Es un actitud innata de los seres humanos que los romanos manifestaban en el coliseo, pero que en la actualidad practicamos a diario sin darnos cuenta de las innumerables veces que bajamos el pulgar sin pensar en la verdadera justica, sino en lo que individualmente creemos que es justicia.

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Dignidad Y Autoestima

Existen personas que aceptan la pobreza o un estándar de vida segundario con absoluta resignación, porque no se consideran dignos; sin embargo, creerse inferior a otros seres humanos y merecedor de una vida menos noble, significa no entender sus derechos, y total ignorancia del peculiar valor humano. No es ninguna novedad que la historia está saciada de ejemplos donde la dignidad humana fue y continúa siendo oprimida y humillada por los abusos de personas o grupos que poseen poder; como resultado, hoy existen los derechos humanos. El hombre nace libre, pero las enfermedades y las abominables acciones de seres ególatras hacen que mucha gente no alcance el nivel de desarrollo humano adecuado. Por lo tanto, sentirse inferior por no estar entre los individuos más prósperos del mundo significa no comprender la dinámica social; y/o estar mentalmente desconcertado. Un nivel adecuado de autoestima es importante para la salud mental y física de una persona; no obstante, conformarse con una vida mediocre es una clara indicación de no saber valorarse como ser humano y/o que algo no anda bien. Es fundamental comprender que nadie depende de otros individuos para sentirse bien, sino está en cada uno de nosotros en cambiar nuestra actitud. Si alguien se cree asimétrico, al mirarse al espejo verá exactamente lo que pensaba y no necesariamente la realidad. Aunque parezca imposible, cada uno decide si quiere o no sentirse bien a pesar de las circunstancias que lo rodean, ya que la autoestima es un atrevimiento activo en cada uno de los seres humanos y puede ser muy eficaz, pero el conformista carece de esa dinámica y cae en un pozo depresivo. Como consecuencia, no solo se cree inferior, sino que lo acepta como normal. La autoestima no depende solo de ese sentido innato de corresponderse y apreciarse, sino también de experimentar la confianza de ser aptos para desplegarnos en todas las áreas de la vida. Como miembros de la sociedad, no podemos desempeñar nuestro papel en ella sin una salud mental adecuada, como tampoco puede la sociedad si cada individuo que la compone no tiene convicción de su capacidad intelectual. Es decisivo que para funcionar debidamente, cada individuo debe favorecerse y motivarse constantemente con el fin de lograr un nivel predilecto de autoestima, porque la resignación no es más que una detención al desarrollo humano. En conclusión, nuestros pensamientos son de suma importancia para el desarrollo de nuestra autoestima, porque somos más propensos a creer lo que pensamos de nosotros mismos, que lo que otras personas procuran hacernos creer. Si nos consideramos indignos de una vida noble y percibimos a otros seres humanos como más merecedores, existe la posibilidad de que estemos inmovilizados por el conformismo que actúa como un freno al desarrollo de la autoestima. Es imperativo tener dignidad; es decir, discernir que como seres humanos tenemos valor, y asumir una actitud asertiva hacia el derecho a coexistir en nuestra sociedad.